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Daños neurológicos en los niños y tóxicos | Fondo para la Defensa de la Salud Ambiental (Fodesam)

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Daños neurológicos en los niños y tóxicos

Neuronas (dibujo de Ramón y Cajal)

 

Especialmente durante el desarrollo fetal, la formación del cerebro es un proceso muy delicado. Todavía no está formada la barrera hemato-encefálica (es decir, la barrera entre la sangre y el cerebro), una de las pocas barreras que los organismos adultos pueden oponer, con mayor o menor eficacia, a la entrada de tóxicos en una de las partes más importantes y vulnerables del cuerpo.

Si tenemos en cuenta que en esas circunstancias , sin esa barrera protectora, y en tan sólo un segundo, pueden formarse miles de nuevas neuronas (250.000 por minuto al principio del embarazo), nos daremos cuenta de los estragos que puede causar la exposición a diversas sustancias tóxicas, bien sea porque actúen directamente sobre el feto o sobre la interacción entre este y el entorno intrauterino, alterando por ejemplo las señales químicas enviadas por la madre. Cualquier sustancia que perturbe ese proceso puede ocasionar que haya un número inferior de neuronas , que sean más pequeñas, que se ubiquen en lugares incorrectos, que el flujo sanguíneo que les llegue sea inferior, que estén peor nutridas, o múltiples otros problemas y anomalías.

Entre las muchas cosas que pueden suceder, por solo citar un ejemplo, puede contarse la de que un contaminante hormonal ,como se sabe que hacen los PCBs o las dioxinas, entre otras sustancias, altere los niveles de hormonas tiroideas dentro de la madre. Sabiendo el papel de tales hormonas en la estimulación del crecimiento de las neuronas y en su correcta ubicación en el cerebro, es fácil imaginarse las posibles consecuencias. Aunque no cabe sólo imaginarlas ,ya que han sido bien descritas por diversos trabajos científicos (1). Por esas u otras vías muchas sustancias pueden inducir los más diversos desarreglos que se manifestarán más tarde, sea en la infancia o en periodos posteriores de la vida.

Después del nacimiento, algunas de las situaciones de vulnerabilidad descritas aún no han desaparecido. En los niños pequeños aún no ha madurado la barrera hemato-encefálica y ello sigue haciendo que el cerebro infantil siga siendo bastante permeable. Como también el que haya un tremendo flujo sanguíneo hacia un cerebro que sigue en formación y que es, proporcionalmente, mucho mayor que el de los adultos. Esta y otras circunstancias vienen a darse la mano para hacer de los cerebros infantiles un blanco donde los tóxicos pueden hacer un gran daño.

Uno de los efectos nocivos de las sustancias químicas que más han sido estudiados es ,precisamente, el de la neurotoxicidad. Se han descrito efectos neurotóxicos de numerosísimas sustancias. Por sólo citar algunas podemos hacerlo ,por supuesto, con el plomo , el mercurio, el cadmio o los PCBs, pero además con otras muchas como la acetona, el acetonitrilo, acrilamida, hidrocarburos alifáticos, alkanos, aluminio, amonio, anilina, hidrocarburos aromáticos, benceno, butanol, butilacetato, tetracloruro de carbono, óxidos de cromo, clorobenceno, clordano, O-diclorobenceno, DDT, difenilamina, etanol, etilenglicol, formaldehído, glicerol, hexano, polibromados, aceite de pino, piretroides, estireno, tolueno, triclorobenceno, tricloroetileno, cloruro de vinilo, xileno, etc (2). Son cientos las sustancias que han sido identificadas como neurotóxicas. Sin embargo, como ya decíamos antes, buena parte de esos estudios se han hecho sobre hombres adultos, cuando es evidente que una sustancia que cause esos efectos en un cuerpo formado puede causarlos aún mayores en los embriones y en los niños. Además deben ser probablemente muchas más las sustancias que aunque todavía no hayan sido identificadas puedan causar estos efectos de entre las decenas de miles de compuestos que el hombre ha creado.

Visto lo anterior, y sabiendo la omnipresencia que muchos de esos tóxicos tienen en el mundo actual, sea en nuestros trabajos o en nuestras casas, sea en el agua, o sea en nuestros alimentos, entre otras posibilidades, no es difícil comprender lo que nos dicen tantos estudios científicos acerca serios efectos que sobre el desarrollo neurológico de los niños está causando la polución química.

En noviembre del año 2006, los científicos Philippe Grandjean , de la Universidad del Sur de Dinamarca y Philip Landrigan, del Departamento de Medicina Comunitaria del Mont Sinai de Nueva York llegaban a describir lo que estaba sucediendo como una auténtica “pandemia silenciosa” en un artículo que publicaron en la prestigiosa revista The Lancet, en el que mostraban con toda crudeza lo que están causando las más diversas sustancias, desde el plomo a los PCBs , pasando por el arsénico o el mercurio, entre muchas otras.

Sustancias que, en opinión de científicos como estos, podrían tener algo que ver con cosas como que hoy uno de cada seis niños (por debajo de los 18 años) en los Estados Unidos padezcan una serie de trastornos de base neurológica que van desde el déficit de atención o la hiperactividad al autismo, pasando por dificultades en el habla o ciertos grados de retraso. No conviene dejar de relacionar todo esto con otras cosas que podemos ver en otros apartados de esta web, como lo que decíamos acerca de los cánceres cerebrales infantiles.

Los datos recogidos por las Pediatric Environmental Health Speciality Units (PEHSU) (3) muestran la dimensión que están adquiriendo las neuro-deficiencias infantiles, como que entre 1977 y 1994 hubiese crecido un 191% el número de niños que se encuentran en programas de educación especial , que haya cerca de un 17% de casos de niños con déficit de atención con hiperactividad o que se registre entre un 5 y un 10% de niños con problemas de aprendizaje. Al margen de otras posibles causas que pudieran tener algunos de los problemas citados, crece el número de científicos que encuentran conexiones de estos y otros problemas con las más diversas sustancias, que pueden estar presentes en los más diversos elementos ,desde alimentos a cosméticos, pasando por pesticidas, pinturas, etc.

Philip Landrigan , ha estado trabajando en los últimos tiempos en un ambicioso proyecto de investigación , el National Children´s Study, haciendo un seguimiento sobre más de 100.000 niños americanos desde su concepción hasta que cumplan los 21 años, con la finalidad de identificar todavía con mayor precisión los factores ambientales que inciden en las enfermedades que desarrollarán: defectos congénitos, cánceres infantiles, asma, obesidad, violencia, déficit de atención, autismo ,dislexia y otras dificultades de aprendizaje.

En otro apartado aludimos, por ejemplo, a diversos estudios que asociaan enfermedades como el autismo a metales pesados como el mercurio. En ese sentido cabe citar algunas investigaciones llevadas a cabo por la Universidad de Texas en los Estados Unidos sobre la incidencia de la enfermedad en zonas contaminadas. También se han estudiado algunas formas peculiares de exposición a éste metal, como puede haber sido la utilización del tiomersal ,compuesto conservante con mercurio añadido a muchas vacunas, y su posible asociación a un incremento de los casos de autismo.

Una de las cosas que más preocupa es la exposición al mercurio a través del pescado. Uno de los artículos científicos más recientes sobre este tema es el que publicaron los científicos Corbet y Poon en la Medical Journal of Australia y que se refería a lo sucedido a tres niños de origen chino que vivían en Sydney. Su familia comía pescado al menos cinco veces a la semana, y a esos niños se les había alimentado con mucho pescado desde el destete. Singularmente con especies que se sabe que acumulan mucho mercurio como el salmón. Padres e hijos tenían altos niveles de mercurio en sangre, orina y pelo. El propio padre acabaría siendo diagnosticado de una intoxicación por mercurio (se quejaba de alergias, dolores abdominales, etc.). Los niños manifestaron una serie de problemas neurológicos , entre ellos una mayor agresividad. Uno de ellos, de casi 3 años de edad, presentaba retraso en el habla y síntomas de autismo (del que después sería efectivamente diagnosticado) y otro mostraba un gran retraso en el desarrollo desde que nació.

El citado es un caso más o menos puntual. No obstante, por ser un caso extremo, sirve para que se vea más claramente lo que de una forma más diluida –como han reportado también estudios más extensos, como algunos epidemiológicos- puede estar sucediendo en sectores de población muy amplios que a lo mejor no comen tanto pescado pero si que se ven expuestos a sus contaminantes en diferentes grados. Hoy no cabe duda de que la acumulación de mercurio en el pescado es una seria amenaza sanitaria y las administraciones de países como Estados Unidos o el Reino Unido, entre otros, hacen campañas para establecer máximos semanales de ingesta para sectores de población vulnerables como las embarazadas. Sin embargo, en países como pueda ser España, por ejemplo, la mayor parte de la población no tiene siquiera la más remota idea de estas cosas y cuando muchos médicos dan consejos nutricionales sobre lo que es saludable o no, no suelen decir ni una palabra de estos temas. Suelen hablar de las ventajas del pescado y de los tipos de grasas cardiosaludables que contienen, pero es raro que adviertan de lo que hoy sabe la ciencia sobre sus contenidos no sólo de mercurio sino de otros tóxicos, como puedan ser los retardantes de llama bromados ,compuestos organoestánnicos, el hexaclorobenceno , naftalenos policlorados, dioxinas o los PCBs, por ejemplo. Científicos como Corbet y Poon , y tan sólo teniendo en cuenta el tema del mercurio, advierten que los beneficios que se atribuyen a la ingesta de pescado pueden ser contrarrestados sobradamente por estas cosas, si no son tenidas en consideración debidamente. Es un ejemplo inmejorable de lo que decíamos antes, aunque refiriéndonos al cáncer, acerca de la inadecuada consideración sanitaria de los contenidos de tóxicos en los alimentos y que también es aplicable aquí.

Otra de las sustancias más conflictivas para los niños de entre cuantas se han estudiado es el plomo. Sobre ella se han realizado investigaciones realmente interesantes. Una de ellas, publicada por la revista Environmental Research y realizada por diversas instituciones como la Organización Mundial de la Salud , la Facultad de Medicina Mount Sinaí de Nueva York (EE.UU) , la Universidad de Gales (R.U) o ,entre otras, el Hospital Universitario la Princesa (España), atribuía a la presencia de altos contenidos de plomo en la sangre que se registraban en 4 de cada 10 niños nada menos que un 13% de los casos de retraso mental infantil leve. El coordinador para España del estudio anterior era el psiquiatra José Luis Ayuso, que comentaba que además de retraso, también se había asociado esa sustancia a problemas renales y de desarrollo, déficit de atención, hiperactividad e irritabilidad en los niños. Existen las más diversas investigaciones que prueban estas cosas, como la que publicase en 2006 la revista Environmental Health Perspectives, que mostraba como la presencia de altos niveles de plomo en la sangre estaban significativamente asociadas con el déficit de atención con hiperactividad en los niños (4)

Pero lo que los estudios científicos muestran es todavía mucho más sorprendente. Por ejemplo el que, en Pensilvania (Estados Unidos) realizaron investigadores de la Universidad de Pittsburg, como el psiquiatra Herbert Needleman. Los científicos midieron los niveles de plomo que tenían 339 estudiantes. 145 de ellos no habían dado especiales problemas. Los otros 194 eran jovenzuelos que no tenían ese historial, sino que habían sido acusados de cometer algunos pequeños actos delictivos (5). Lo llamativo es que cuando se compararon los niveles de plomo que tenían unos y otros se vio que los jóvenes conflictivos tenían 11 ppm de plomo , y los otros sólo 1, 5 ppm (6). Y los hallazgos estaban al margen de si los chicos eran blancos o negros, por ejemplo.

En un estudio diferente, publicado en la prestigiosa Journal of the American Medical Association (JAMA), el propio Neddleman había observado una relación entre la agresividad y los niveles de plomo en los huesos de 800 niños de Pittsburg (7). Sobre este particular se han desarrollado otras investigaciones, confirmando el mismo tipo de cosas.

Pero uno de los estudios más interesantes al respecto, es acaso el realizado por científicos del Centro de Salud Ambiental Infantil de la Universidad de Cincinnati, en Ohio, que establecía que había una relación entre las concentraciones de plomo prenatales e infantiles con la comisión de actos criminales cuando esos niños llegaban a ser adultos jóvenes (8). Consideraban que la exposición temprana al plomo era un factor de riesgo para el desarrollo posterior de una conducta anti social.

La investigación se basaba en datos tomados a lo largo de 30 años. Entre 1979 y 1984 un estudio sobre el plomo en la ciudad de Cincinnati (Cincinati Lead Study) había tomado muestras de sangre de centenares de mujeres embarazadas que vivían en casas viejas contaminadas por el plomo de las pinturas y demás. También se medirían regularmente los niveles de plomo en la sangre de los niños una vez estos nacieron a lo largo de una serie de años. Finalmente se recabaron datos en los órganos judiciales acerca de cuantos de estos niños, después de haber alcanzado los 18 años de edad (y hasta octubre de 2005) habían sido detenidos en alguna ocasión. Los investigadores encontraron que aquellos que habían sido más expuestos al plomo antes del nacimiento y durante la niñez tuvieron mayor número de detenciones por diversos delitos , con especial significación en los delitos con violencia.

Probablemente pocos de nosotros sabemos gran cosa de por qué, por ejemplo, se prohibió el plomo en la gasolina, por qué se dictaron normas para eliminarlo de las pinturas o las conducciones de agua potable. Resulta sorprendente que , aunque mucha gente no lo sepa, una de las consecuencias de la toma de medidas como esas pueda ser una reducción de los índices de delincuencia. Pero así son las cosas. Así es el apasionante mundo de los efectos de las sustancias químicas sobre los seres vivos.

Se sabe que el plomo interfiere la formación de las sinapsis neuronales, que altera los sistemas ligados a la dopamina y la serotonina, y que reduce la actividad de la monoamina oxidasa A ,entre otras cosas. Sus efectos pueden causar diversas disfunciones neurológicas en zonas del cerebro que tienen que ver con la excitación, las emociones, el juicio o la inhibición de impulsos.

Lo que hemos visto es sólo una parte. Pero es un ejemplo de cómo los cambios químicos que el hombre produce en la Naturaleza pueden afectarnos mucho más de lo que pensamos. Aquí tenemos al plomo, una sustancia natural, pero que antes de nuestra intervención no se encontraba en tales niveles en nuestro entorno más inmediato. Estaba a lo mejor dentro de algunos minerales, y por supuesto que una parte debía llegar a nosotros, pero no había sido extraído de ellos para hacer tuberías o para convertirlo, entre otras cosas, en parte de la composición de pinturas o gasolina. Nosotros cambiamos ese estado de cosas y propiciamos que el plomo se hiciera más presente en nuestras vidas. Ya hemos visto algunas consecuencias. Todo por cambiar artificialmente los niveles y proporciones de un solo elemento de la Naturaleza. Imaginen lo que puede estar sucediendo no con un elemento, sino con decenas de miles de sustancias, buena parte de ellas sintéticas.

Conviene recordar que durante mucho tiempo, cuando se publicaban cosas acerca del plomo, también había escépticos y gente que decía que no era para tanto. También había una notable resistencia industrial que durante décadas negó todo lo que pudo y que incluso encargó informes a su gusto que minimizaban los riesgos para permitir que este metal pesado siguiese empleándose mientras millones de niños seguían exponiéndose a él.

Lo visto es también un ejemplo de cómo en nuestras casas, por ejemplo formando parte de las pinturas, puede haber elementos tóxicos que pueden tener hondas repercusiones en nuestras vidas o las de nuestros hijos. Todo debe hacernos reflexionar sobre lo que puede estar sucediendo con muchas de las sustancias a las que pasamos revista en otros apartados de esta web , aquellas que pueden estar liberándose desde los plásticos de nuestros ordenadores y televisiones, nuestras botellas de agua, las pinturas de nuestros muebles, los productos de limpieza, los perfumes, los cosméticos, que pueden estar contenidas en nuestros alimentos o ser inhaladas o absorbidas por la piel,... y que hoy , como en su día el plomo, pueden estar causando los más diversos problemas mientras nosotros pensamos que no será para tanto. Repasemos los datos referentes a los retardantes de llama, los ftalatos, el bisfenol A,... y tantos otros venenos encubiertos. Repasemos lo que decimos en otro apartado acerca del polvo doméstico y sobre las liberaciones y emanaciones de las más diversas sustancias presentes en objetos y productos de uso cotidiano. Obviamente sus efectos no tienen que ser como los del plomo. Se sabe que ciertos retardantes de llama pueden tener efectos neurotóxicos y afectar a la hormona tiroidea, además de poder estar implicados en malformaciones congénitas. También, otras sustancias como los ftalatos pueden estar implicadas en cosas tales como desarreglos hormonales, alergias ,asma infantil o la telarquia. Pero no podemos extendernos aquí sobre los muchos efectos de tantas sustancias. Nos limitamos a lo que se muestra en otros apartados sobre algunas de ellas.

Investigadores como Miquel Porta, David R Jacobs y Duk-Hee Lee, publicaron un interesante artículo en la Journal of Epidemiology and Community Health en el que demostraban que los niños en cuya sangre había niveles detectables de una serie de contaminantes orgánicos persistentes –tales como algunas dioxinas y furanos- tenían un mucho más significativo índice de problemas de aprendizaje y de déficit de atención que los que no tenían esa presencia de contaminantes (9).

Los compuestos orgánicos persistentes son conocidos neurotóxicos. Lo más significativo es que ,como hemos dicho, el estudio se refiere a niños que simplemente tenían niveles poco menos que “detectables”, comparándolos con otros con niveles “indetectables” o casi. Es decir, que no nos referimos a niveles necesariamente altos. Son niveles “bajos” que se encuentran presentes en la sangre de amplios sectores de la población, frecuentemente, en el caso de los contaminantes a los que se refiere este estudio, a consecuencia de cosas como la ingestión sobre todo de carne, pescado y productos lácteos (son tóxicos que nos llegan especialmente a través de las grasas). Otros muchos estudios muestran efectos neurológicos de las más diversas sustancias contaminantes.

Como se ve también en el apartado que esta web dedica a hablar de embriones y fetos, y yendo más allá de los trastornos neurológicos, conviene no olvidar tampoco que muchas de las enfermedades que se padecerán luego en el estado adulto, pueden haberse iniciado décadas antes. Puede haber sucedido en el embrión en desarrollo, o puede haber sucedido en la infancia, o en los dos momentos.

Una parte del incremento de enfermedades no infecciosas al que estamos asistiendo en los países industrializados , tales como el cáncer, las alergias, los trastornos del desarrollo, del sistema reproductor o del sistema nervioso, podría explicarse por exposiciones tóxicas en las primeras etapas de vida. El sistema inmunológico, por ejemplo, se va desarrollando durante la niñez, creándose la llamada memoria inmune, y su perturbación en este momento podría venir de la mano con el desarrollo de enfermedades alérgicas o autoinmunes. Igualmente sucede con las complejas interacciones neuro-endocrinas que preceden a la pubertad, y que tanto tienen que ver con una correcta maduración sexual. Hay incluso estudios que asocian lo sucedido en el embarazo , donde tan delicado es el desarrollo neuronal, con un mayor riesgo de desarrollar décadas después dolencias neurodegenerativas como el Parkinson o el Alzheimer (10). Serían muchísimas las cosas que podrían decirse en relación a estos temas.


 


 


 

HÁGASE COLABORADOR DE FODESAM


 


 

Advertencia: contenidos sujetos a © Copyright


 


 

NOTAS:


 

1 Ver, por ejemplo, Pluim H et al. Effects of pre and post-natal exposure to chlorinated dioxins and furans on human neonatal thyroyd hormone concentrations. Environmental Halth Perspectives 101 (6): 504-508 (1993), entre otros.


 

2 OSE 2006, pg 349


 

3 Citados en el informe del Observatorio de la Sostenibilidad en España (OSE) del año 2006, pg 348.


 

4 Braun JM et al. (2006). Exposures to environmental toxicants and attention deficit hyperactivity disorder in US children. Environ Heath Perspect 114: 1904-1909


 

5 Needleman et al.(2002). Bone lead levels in adjudicated delinquents: a case control study. Neurotoxicol Teratol 24: 711-717


 

6 El límite que se considera “normal” es de 1 ppm (unos 10 microgramos por decilitro de sangre).


 

7 Needleman HL et al. (1996). Bone lead levels and delinquent behavior. JAMA 275: 363-369


 

8 Wright JP et al. Association of prenatal and childhood blood lead concentrations with criminal arrests in early adulthood. Public Library of Science. Medicine. May 2008. Vol 5. Issue 5. 732-740


 

9 Lee DH, Jacobs DR, Porta M (2007). Associations of serum concentrations of persistent organic pollutants with the prevalence of learning disability and attention deficit disorder. J Epidemiol Community Health. 61: 591-596.


 

10 Brill et al. (1999). The role of apoptosis in normal and abnormal embryonic development. J Assist Reprod Genetics: 16: 512-509.

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