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Cáncer y tóxicos, la gran epidemia | Fondo para la Defensa de la Salud Ambiental (Fodesam)

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Cáncer y tóxicos, la gran epidemia

Uno de los mapas sobre mortalidad por cáncer en España, del Instituto de Salud Carlos III, los diferentes colores significan diferentes grados de incidencia de la enfermedad. ¿Por qué se dan estas diferencias geográficas?

El doctor David Servan-Schreiber , en una magnífica obra divulgativa(1), acerca de las sustancias cancerígenas, habla de cómo en los últimos treinta años la Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer de la Organización Mundial de la Salud sólo ha analizado unas 900 sustancias sospechosas de ser cancerígenas, de entre las decenas de miles de sustancias que la industria ha generado. Que no habían sido más sustancias las estudiadas no por que no las hubiera sino por que nadie había encargado tales estudios. Y apuntaba cómo de entre todas esas sustancias que habían sido estudiadas sólo una ha sido clasificada como no cancerígena, 95 como claramente cancerígenas , 307 como probablemente cancerígenas y 497 que aún no han sido evaluadas adecuadamente. Denunciaba el doctor que ,pese a ello, muchas de las sustancias más peligrosas siguen utilizándose generalizadamente, como sucede con el benceno.

Comentaba Servan-Schreiber como los industriales , favorables obviamente a que tales sustancias conflictivas sigan utilizándose en aras de intereses comerciales, tratan frecuentemente de quitar importancia a los riesgos arguyendo que los niveles a los que normalmente nos vemos expuestos son un centenar de veces inferiores a las dosis que se consideran tóxicas para los animales. Pero apuntaba que tal forma simplista de interpretar los hechos ignora algunas cosas fundamentales, una de las cuales vamos a citar. Ignora por ejemplo lo que apuntaba la bióloga Sandra Steingraber. Que en 1995 el National Toxicology Program de los Estados Unidos intentó realizar una estimación de cuantas sustancias químicas , de entre las 75.000 que había en el mercado en ese momento, podían ser cancerígenas. Para ello se analizó una muestra representativa, en función de criterios científicos, estudiando centenares de ellas. Y resultó que entre el 5 y el 10 por ciento del total eran cancerígenas, de modo que ello significaba que nos vemos expuestos habitualmente a entre 3.750 y 7.500 sustancias cancerígenas. De modo que, dando por cierto , que ya sería mucho hacerlo, ese argumento de la industria de que con cada una de esas sustancias nos viésemos expuestos a una centésima parte de la dosis cancerígena, ya que lo cierto es que muchos científicos ,como veremos en otros artículos , cuestionan demasiadas cosas acerca de la supuesta inocuidad de tales “bajas” dosis, lo cierto es que al ser miles de sustancias estaríamos expuestos a entre 37 y 75 veces la dosis considerada tóxica para animales. Y eso que lo que nos dice el doctor Servan se basa en los parámetros más burdos de cierta toxicología obsoleta que ya de por sí minimizan hasta lo inimaginable los efectos reales de las sustancias, no sólo por lo dicho de las dosis “bajas” sino por otras cosas que no se tienen en cuenta, como el efecto cóctel o que otras o las mismas sustancias pueden actuar ,por ejemplo, debilitando el sistema inmunitario o generando determinados desarreglos hormonales que pueden favorecer el cáncer directa o indirectamente. Es decir, que la subestimación de los daños de esas sustancias puede ser ,realmente, sideral.

Hay además, querido lector, una serie de hechos que añaden preocupación. Uno de ellos es que aunque crece la evidencia científica acerca de estas cuestiones, por otro lado ya bastante evidentes por sí mismas, ello no está haciendo, paradójicamente, que deje de crecer la generación de buena parte de las sustancias que se sabe que son peligrosas. En España, por ejemplo, según datos del Observatorio de la Sostenibilidad en España (OSE), que depende del Gobierno español, la producción de sustancias cancerígenas había aumentado un 50% en el lapso de tan sólo 10 años, pasando de 1.629.939 toneladas en 1994 a 2.447.806 toneladas en 2004 (2). Y todo ello sin dejar de tener en cuenta que las cifras reales debían ser muy superiores, ya que las cifras citadas se referían sólo a 18 sustancias (3) de las muchas que realmente se generaban, porque son las únicas sustancias cancerígenas incluídas en la Encuesta Industrial Anual de Productos (EIAP) que se ocupa solo de 5.000 de entre las cerca de 100.000 sustancias que se comercializan. Siendo los únicos datos oficiales disponibles, ello limita mucho hacerse una idea de la situación real. Obviamente, esa tendencia al incremento no debe darse solamente en las 18 sustancias citadas, sino en otras muchas sustancias peligrosas. Y todo ello sin contar con que también crece de día en día el número de nuevas sustancias sintetizadas que pueden tener efectos importantes.

Todos podríamos estar muy tranquilos si en paralelo a ese incremento a la producción de sustancias cancerígenas, registrado no sólo en España, sino en general en muchos otros países, no se diese también un auge en el número de nuevos casos de cáncer. Pero lo que está sucediendo es lo contrario, como por otro lado es de sentido común. Mientras crece la generación de sustancias cancerígenas ,y con ello obviamente la exposición humana a las mismas, las estadísticas sanitarias muestran también un crecimiento de los casos de cáncer. Hasta el punto de que según la Organización Mundial de la Salud (OMS) el cáncer ha crecido un 19% desde 1990 y , basándose en las tendencias observadas, la previsión es que para el 2020 el número de nuevos casos de cáncer crezca en un 50% (4). También es especialmente significativo que precisamente haya más cáncer en los países más industrializados. Europa ,por ejemplo, tiene un 25% de la carga global del cáncer a pesar de que por su población sería esperable que tuviera mucho menos (5).

Los datos son lo suficientemente elocuentes para darse cuenta de la gravedad del problema, así como para constatar un hecho crucial: se está fallando en las políticas de prevención de la enfermedad. Políticas que deberían haber pasado, entre otras cosas, por el control riguroso de las sustancias químicas cancerígenas. Evidentemente, si una enfermedad se dispara de esta manera, en unas proporciones obviamente epidémicas, es que no se está actuando debidamente sobre sus causas.

Todo concuerda perfectamente además con lo que se sabe acerca de la enfermedad. A saber, que la mayor parte de los tumores no obedecen a factores genéticos sino ambientales y que incluso en el caso de muchos de aquellos en lo que lo genético tiene un papel es probable que no se manifestasen sin la concurrencia de una serie de elementos ambientales que lo favoreciesen.

Hechos de este tipo no dejan de ser aireados por científicos como los del Llamamiento de París que suscribieron médicos de prestigio mundial, entre ellos varios premios Nobel, como Jean Dausset y François Jacob- que advertían que la contaminación química es “la causa principal de azotes de la humanidad tales como el cáncer, la infertilidad y las enfermedades congénitas” (6) . Los firmantes concluían ,como ya se dijo con anterioridad, que los avances en investigación médica no serán nunca suficientes para conjurar la amenaza si no se aplica el principio de precaución y se evita la producción de las sustancias tóxicas responsables. Y decían esto porque es evidente que es un error de base dejar que las causas sigan obrando impunemente , permitiendo que el número de nuevos casos crezca y crezca, mientras casi todo el esfuerzo parece centrarse en los tratamientos. Es algo de sentido común perfectamente recogido en ese refrán castellano que reza que más vale prevenir que curar. Es cómo si viendo que una bañera va a desbordarse por que hay un grifo abierto, nadie cerrase ese grifo y se conformase con ir llenando de agua un cubo tras otro.

De forma absolutamente inexplicable, pareciera que una parte de la clase médica se conformase con el lamentable estado de cosas actual, permitiendo que el número de enfermos crezca y crezca y dedicándose tan sólo a tratarlos, a llenar cubos de agua, cubos de enfermos, sin apostar nunca por cerrar el grifo que causa la enfermedad. Lo que está sucediendo es que el grifo abierto es de tales dimensiones que hace ya mucho que la bañera del cáncer está desbordada y que no hay suficientes cubos o tratamientos para tan siquiera poder disimular lo que pasa.

Las dimensiones del cáncer hace ya mucho que superan lo que cualquier novelista de ciencia ficción pudiera haber escrito hace tan sólo unas décadas. Y ya no es admisible tolerar enfoques tibios por parte de una parte de la clase médica. Enfoques tibios que desoyen lo que la investigación científica más puntera lleva ya mucho tiempo diciendo. Ya no es admisible, por ejemplo, que un médico, a la hora de hablarnos del papel que en algunos tumores tienen las dietas ricas en grasa , nos hable de esas grasas como si fueran las de hace cien años, como si ahora no se supiera que esas grasas están cargadas de una gran cantidad de compuestos tóxicos sintéticos. El National Cancer Advisory Board alertó al Congreso de los Estados Unidos sobre esta cuestión ,dejando bien claro que “la inadecuada aceptación de la importancia de los contaminantes en la dieta y el ambiente estaba siendo un obstáculo para la prevención del cáncer (7) . Ése organismo asesor consideraba imperdonable la falta de información de la población acerca de los contaminantes que podían existir en la comida y el agua, por ejemplo, lo cual convertía en patéticamente insuficientes , si no ridículos, los consejos nutricionales que pretenden prevenir la enfermedad. ¿Cómo va la población a adoptar una dieta saludable si se le hurta el conocimiento de estas cosas?. La información sobre estas cosas debería ser un eje de cualquier política preventiva de la enfermedad que pretendiese ser algo más que una pantomima. Sorprendentemente no se hace. ¿Por qué?.

Tampoco es admisible que muchas veces, cuando alguien es diagnosticado de cáncer, el médico, que generalmente no tiene ni idea de la causa real de ése tumor, simplemente espete al paciente cualquier cliché acerca de los genes o el tabaco ,por ejemplo, para salir del paso. El respeto que merece el paciente debería hacer que el médico le informase de lo que en estos momentos sabe realmente la ciencia.

Es cómo si, de cierta forma, al haberse centrado la política sanitaria no en la prevención sino en el tratamiento, no hubiera ojos más que para esto último y las causas hubieran dejado de importar. Como si al aludir a las mismas valiese con despacharlas con cualquier lugar común. Pero no puede darse por bueno, como si fuese una fatalidad, desentenderse de las causas de algo. Hacer tal cosa es inadmisible. Ya no son admisibles esas cómodas vaguedades que obvian asuntos cruciales que ningún médico serio puede desconocer.

A estas alturas son tantos miles de artículos científicos los que se han publicado sobre estas cosas que nadie puede alegar ya desconocimiento y comportarse como si el mundo en el que vivimos fuese el bucólico escenario anterior a la Revolución Industrial.

Algunos investigadores como Clapp, Howe y Jacobs, de la Universidad de Massachussets Lowell, se están esforzando mucho por hacer que la sociedad lo vea (8) . Tras dedicarse a revisar centenares de investigaciones recientes sobre las causas ambientales del cáncer ven meridianamente claro que ya no podemos conformarnos con ciertas manidas formas de explicar el incremento del cáncer en los países industrializados. Que no basta con culpar , por cómodo que resulte, a cosas tales como el envejecimiento de la población , el tabaco , la dieta (entendiendo ésta de una forma vaga que no contempla explícitamente las sustancias tóxicas que porta) o los genes (“simplemente, nuestros genes no cambian tan deprisa”, aclaran). Estas cosas , nos dicen Clapp y sus colegas, no son suficientes para explicar la brutal explosión de casos de cáncer que se ha vivido en una sola generación. Porque estamos hablando de una auténtica explosión: la incidencia global de todos los casos de cáncer creció la friolera de un 85% entre 1950 y 2001 (9) , tendencia que, lejos de aminorarse, se acelera cada vez más (10) .

Nos recuerdan Clapp y sus compañeros que mientras que “hacia 1950 cerca de uno de cada 4 americanos podían esperar un diagnóstico de cáncer a lo largo de su vida. Hoy cerca de uno de cada dos hombres y una de cada tres mujeres esperan escuchar tal diagnóstico”, hasta el punto de que hoy en cáncer es “la segunda causa de muerte en términos absolutos y la primera entre personas con menos de 85 años” (11) .

Lo que lamentan estos científicos es que a pesar de las dimensiones del problema exista una triste tendencia que lleva , a la hora de hablar de medidas preventivas, a aferrarse a medidas vinculadas a factores que sólo inciden muy puntualmente, como el tabaco, el cual nunca ha sido vinculado a la mayoría de los cánceres , en especial aquellos que más están creciendo en los últimos tiempos como los “melanomas, linfomas, cerebrales y de médula” .

Uno de los cánceres cuyo incremento es más elocuente en muchos aspectos ,como el que tiene que ver con el peso injustificado que algunos, al margen de las lecciones de la ciencia, quieren dar al envejecimiento, es el del cáncer de testículos que habría duplicado en los últimos su tasa de incidencia global, en todas las edades (12) y que “afecta más comúnmente a hombres de entre 20 y 30 años, habiéndose incrementado en este sector de edad al menos un 75% entre los años 70 y los 80, no pudiéndose atribuir a una mejora de los diagnósticos” (13). Pero es que los tipos de cánceres que se están disparando son demasiados. Los investigadores John A. Newby y Vyvyan Howard , de la Universidad de Liverpool en el Reino Unido, comentan como en éste país se ha dado ,por ejemplo, un incremento de un 38% en los casos de cáncer de próstata o de un 18% en el de mama y en el linfoma no Hodking , y todo ello tan sólo entre 1989 y 1998.

Para los investigadores de la Universidad de Massachussets Lowell no es en absoluto casual que el incremento del cáncer haya coincidido con una serie de cambios que cobraron fuerza especial tras la Segunda Guerra Mundial. Antes de aquella conflagración no había tantos plásticos, detergentes, disolventes o pesticidas, ni existían muchas de las industrias ni fuentes emisoras de sustancias como mercurio, plomo, arsénico, tolueno, tricloroetileno, DDT, pentaclorofenol,.. que hoy tienen a menos de seis kilómetros de su casa una sexta parte de los norteamericanos, así como otros centenares de focos diversos de contaminación hoy existentes.

En las últimas décadas hemos sido testigos de unos cambios muy notables en la calidad del entorno en el que vivimos. Y no es casual que tantos estudios científicos registren cómo precisamente en esos lugares donde ciertas sustancias se hacen más presentes, también se haga más presente el cáncer. Como nos dicen estos investigadores, el cáncer “es más común en ciudades, en estados agrícolas, cerca de puntos de vertido de residuos peligrosos, en lugares donde llega el viento desde ciertas industrias, y alrededor de ciertos pozos de donde se extrae agua para beber. Los patrones de una alta incidencia y mortalidad por cáncer están ligados a áreas con uso de pesticidas, exposiciones laborales tóxicas, incineradoras de residuos peligrosos y otras fuentes de contaminación”. Eso es lo que muestran centenares de estudios científicos realizados en Estados Unidos y a lo largo y ancho del mundo.

Precisamente una de las cosas que más claramente evidencia la vinculación del cáncer con los factores ambientales es que se produzcan aglomeraciones de casos en el entorno de importantes focos de contaminación. En España, sin ir más lejos, se ha visto tal cosa gracias a un estudio realizado por el Instituto de Salud Carlos III. Esta institución del Ministerio de Sanidad español publicó recientemente un Atlas Municipal de Mortalidad por Cáncer en España (14) en el que se apreciaban, perfectamente, las enormes diferencias existentes, según el lugar en el que se viviera, en cuanto a la mortalidad por esta enfermedad (15) . Evidentemente , según el doctor Gonzalo López Abente , uno de los principales responsables del estudio, “los genes no explican esos patrones de distribución”. A la vista de los resultados lo que se ve , según López Abente, es que en buena medida los casos parecen seguir “el patrón de la industrialización (16)y de diversos condicionantes ambientales.

Se han realizado diferentes investigaciones sobre algunos puntos industriales especialmente conflictivos como el entorno de Huelva, una de las ciudades con más polución química de Europa. Concretamente el Consejo Superior de Investigaciones Científicas ,por ejemplo, encontró que en esta zona había notables excesos de casos de cáncer (17) . En algunos casos de cáncer en hombres -piel , riñón , estómago , hígado o próstata- esos excesos eran especialmente llamativos. Excesos del 53% en cáncer de piel, 27% en riñón, 19% en estómago e hígado o 14% en próstata (18) .

Incluso un porcentaje de los casos de cáncer de pulmón , cáncer que muchas personas suelen asociar sin más al tabaco, podrían explicarse de este modo, como muestran diferentes investigaciones de gran interés. En una de ellas, realizada por la Universidad de Trieste , en Italia, y publicada en la revista Nature, los investigadores habían realizado un mapa de algunas ciudades del norte de ése país consignando aquellas en las que era superior la tasa de muertes por cáncer de pulmón. A la vez, realizaron otro mapa peculiar, en el que aparecían aquellas ciudades en cuyos alrededores era mayor la mortalidad de los líquenes a consecuencia de la polución industrial. Lo llamativo era que las ciudades en cuyo entorno más morían los líquenes eran las mismas en las que había más mortalidad por cáncer de pulmón. Según el profesor de biología de la Universidad de Trieste, Pier Luigi Nimis, la actividad de las industrias químicas estaba llenando el aire de un “cóctel de sustancias cancerígenas” (19) que evidentemente podían estar contribuyendo al crecimiento de las tasas de una serie de cánceres.

Greenpeace publicó en febrero de 2008 un informe que señalaba 25 puntos negros de contaminación en el País Vasco, 19 en Cataluña y 15 en Andalucía y como concordaban las mayores tasas de cáncer con las áreas más contaminadas (20). A veces, existen sectores de la población que recelan de tales informes por creer que no tienen base suficiente. Lo malo de la cuestión es que tales informes suelen estar basados en datos científicos, como los del Instituto de Salud Carlos III por ejemplo. Digo lo malo, por que uno preferiría tener elementos para pensar que realmente las denuncias ecologistas no tienen fundamento. Lamentablemente, lo que uno va observando, año a año, en demasiadas ocasiones, es todo lo contrario.

Es más, uno de los elementos que más me mueve a la preocupación sobre la gravedad de la situación es que ,en realidad, cada vez es menos necesario recurrir a los informes de organizaciones ecologistas. Basta leer los datos de instituciones oficiales y, por supuesto, repasar algunas de las más prestigiosas revistas científicas del mundo. El tema ya no es sólo la voz de los ecologistas, sino el clamor de la comunidad científica. Las cosas ya están demasiado claras.

Hay una serie de hechos demasiado evidentes, que no pueden ignorarse. Por ejemplo, que es algo perfectamente conocido que en las sociedades tradicionales, esas que no habían adoptado los cambios a los que estamos haciendo referencia, el cáncer era una enfermedad prácticamente inexistente. También lo es que cuando los miembros de aquellas sociedades migraban a las nuestras, exponiéndose al mismo ambiente que nosotros, acababan por tener el mismo índice de cáncer que nosotros (21). Eso es también otra prueba.

Clapp, Howe y Jacobs nos recuerdan como ya en 1977 otros investigadores, como Higginson y Muir (22)tenían muy claro que el 80% de los cánceres se explicaban por las exposiciones ambientales y animaban a que se realizaran estudios epidemiológicos “vinculados a emigrantes, variaciones geográficas de incidencia, cambios en los riesgos a lo largo del tiempo, estudios correlativos, e informes sobre agrupaciones de casos” .

Parece mentira que tantos años después y a pesar de tantas investigaciones realizadas , no se haya hecho demasiado por mejorar la prevención de la enfermedad y que los investigadores de la Universidad de Machachussets Lowell , al igual que muchos otros científicos en el planeta, sigan teniendo que clamar, con la decepcionante sensación de ser voces que claman en el desierto, para que se incrementen los esfuerzos “para prevenir las exposiciones a compuestos carcinógenos”.

Ignorar la evidencia científica” –dicen en un tono muy serio- “ es permitir conscientemente la enfermedad o muerte de miles de personas”. Y lo dicen en tal tono porque saben bien que eso es, precisamente, lo que llevan ya demasiado tiempo haciendo las administraciones de países como Estados Unidos, que es el que a ellos les toca más cerca. Lamentablemente, otros muchos países, incluyendo los europeos, han tomado los mismos derroteros. En todo ello , evidentemente, juegan un papel importantísimo los intereses económicos comprometidos que hacen que se aplique sordina a la voz de la ciencia. Y lo más grave del caso es que no se está acallando la voz de unas pocas investigaciones, sino el clamor unánime de millares de ellas.

En la revisión del equipo de Clapp, antes aludida, se recogían multitud de estudios que nos hablan de cosas tales como la exposición a pesticidas y tumores cerebrales ,leucemia o linfoma no-Hodking; de disolventes como el benceno y la leucemia o el linfoma no-Hodking, del tetracloroetileno y el cáncer de vejiga y del tricloroetileno y la enfermedad de Hodking , la leucemia y los cánceres de riñón e hígado; del cloruro de vinilo y el sarcoma de los tejidos blandos o el cáncer de hígado; de los aceites minerales y los líquidos de las industrias metalúrgicas y su vinculación con cánceres de piel, conductos nasales, laringe, estómago, vejiga y recto; de metales como el arsénico y los cánceres de vejiga, pulmón y piel; de subproductos derivados de los procesos masivos de cloración de las aguas ,como los trihalometanos, y su vínculo con problemas como el cáncer de vejiga; de hidrocarburos aromáticos policíclicos y diversos otros compuestos petroquímicos y de combustión , incluyendo las emisiones de los vehículos, y su relación con cánceres como los de vejiga, pulmón y piel; de fibras como el amianto y del mesotelioma , cánceres de laringe , pulmón y estómago; de radiaciones ionizantes y cánceres de vejiga , huesos, cerebro, pecho, hígado, pulmón , ovario, piel, y tiroides, así como leucemia , mieloma múltiple o sarcomas;... Y así cientos de sustancias y de enfermedades, estudiadas en una creciente lista de investigaciones (23) .

En el mismo sentido van otras magníficas revisiones científicas como la hecha por John A. Newby y Vyvyan Howard (24) , antes citados. Estos investigadores de la Universidad de Liverpool repasaron más de tres centenares de publicaciones científicas , centrándose sobre todo en los cánceres cuyo crecimiento puede verse potenciado por los niveles de hormonas presentes, o de sustancias químicas que imiten a estas hormonas (como hacen, por ejemplo, algunos pesticidas), como es el caso de los cánceres de próstata, testículo y mama. Las conclusiones de la revisión de Newby y Howard, indicaban que la polución química puede estar teniendo un importante papel en el auge de la incidencia de estos cánceres. Se mostraban especialmente preocupados por las deficiencias de la toxicología tradicional, que han pasado por alto lo que la literatura científica dice sobre cosas como los efectos de la compleja mezcla de sustancias químicas que se acumulan en el interior de nuestros organismos.

Una parte de los encargados oficiales de la lucha contra el cáncer siguen sin querer ver lo que sucede, afanándose en el desarrollo de carísimos tratamientos o costosas investigaciones genéticas, entre otras cosas, que ,según parece, deben ser más rentables para alguien. Y mientras, se olvida el eje prioritario que debiera presidir cualquier política sanitaria: la prevención. Pero no hablamos de una supuesta prevención , sino de una prevención real.

Prueba de que debe de haber algo muy importante que se está olvidando incluir en las políticas preventivas que se aplican es que las estadísticas del cáncer continúan creciendo y creciendo. Cada vez el porcentaje de nuevas personas que desarrolla la enfermedad es mayor. Tanto que aunque en algunos tipos de tumores algunos tratamientos puedan reducir o retrasar algo la mortalidad, como cada vez es mayor el número de gente enferma, las cifras totales de fallecidos son altísimas. Y eso sin olvidar que ,obviamente, no sólo importa la muerte, sino el sufrimiento ocasionado a un número cada vez mayor de personas, con todo lo que esto supone a nivel personal y social.

Observadores de las consecuencias de la polución química sobre la salud humana como Anne Steinemann, de la Universidad del Estado de Washington , son muy amigos de recordarnos una y otra vez las estadísticas que son, por sí solas, una prueba aplastante de que hay algo que las autoridades sanitarias han de estar haciendo mal. Algo muy importante sobre lo que deben haber olvidado trabajar. ¿Cómo explicar si no por ejemplo, nos dice Steinemann, que los cánceres infantiles creciesen un 26% tan sólo entre 1.975 y 1.999 ,con aumentos espectaculares de algunos tipos como la leucemia linfocítica aguda que se había disparado un 62% o los cánceres de cerebro y del sistema nervioso que lo habrían hecho un 50%?. ¿Cómo explicar que el cáncer de testículos se haya convertido en el más común entre los hombres entre 15 y 35 años de edad ,habiendo aumentado un 85% entre 1973 y 1999?. ¿Cómo explicar los incrementos de tantos otros tumores?. Un caso notable lo tenemos en el cáncer de mama, del que luego diremos más cosas. Steinemann llama la atención sobre el hecho de que, si las tendencias actuales continúan, este tipo de cáncer afectará a una de cada cuatro de las nietas de las mujeres jóvenes de hoy.

Concluye Steinemann recalcando algo que ya hemos dicho, pero que hay que repetir, porque, a pesar de ser un dato conocido por cualquier científico, parece que aún no es debidamente tenido en cuenta: que “según la Sociedad Americana del Cáncer (American Cancer Society), sólo del 5 al 10% de todos los cánceres se pueden atribuir a factores hereditarios; el resto aparece por exposiciones ambientales y otros daños que aparecen a lo largo de nuestras vidas” (25) . ¿Cuándo se conseguirá que estos datos , asumidos como algo de conocimiento básico en oncología desde hace décadas, sean tenidos debidamente en cuenta?

Es cierto, no obstante, que pueden existir personas que no lo sepan. Pero no entre los científicos o las personas mínimamente formadas en estas cuestiones. Por si ustedes conocen a alguna de estas personas acaso sea bueno que les dé algún argumento para convencerles de lo obvio. Por ejemplo, lo que dice el prestigioso epidemiólogo Miquel Porta, acerca de esta cuestión. Porta cree que una parte importante del error está en que hay personas , escasamente documentadas, que confunden lo genético con lo hereditario, aunque sean dos cosas diferentes. Puede haber cosas que se hereden sin ser genéticas. Y puede haber cosas genéticas que no se hereden.

Puede, por ejemplo, haber alteraciones genéticas que no se hayan heredado, sino que se hayan adquirido a lo largo de la vida. Es más no es que esto pueda suceder como una rareza , sino que es algo que sucede constantemente. Millones de alteraciones genéticas se producen así en los seres humanos cotidianamente. Frente a cierta visión ramplona de lo genético que se propala , por ejemplo, a través de ciertas informaciones periodísticas carentes de rigor, la visión de la ciencia es absolutamente diferente. Por ejemplo, decir que algo sea genético no implica que en ése algo los genes determinen todo, casi como si los genes tuviesen inteligencia propia y fuesen una especie de tiránicos micro-dictadores en el organismo. En realidad, los genes no son más que una simple parte de un conjunto y sobre ellos actúan muchos otros componentes. Lo que se da, al fin y al cabo, es una interacción constante entre los genes y el complejo ambiente celular y extra-celular. Y de ese modo, el peso de lo epigenético, es decir, de toda esa compleja realidad que actúa sobre los genes, puede ser brutal.

Por volver al tema del cáncer, aunque desde cierta posición claramente acientífica muchas personas crean, sin ninguna base, que los genes son los responsables de todo, la verdad es que lo que existe, más bien, es una acumulación de alteraciones genéticas y epigenéticas, adquiridas normalmente a lo largo de la vida, que son un proceso causal clave que vincula el ambiente con enfermedades como ésta, que tienen unas causas complejas (26). En este contexto, las sustancias químicas tóxicas que uno recibe desde el momento mismo de la concepción en el seno de la madre, pueden tener un peso tremendo.

Eso es lo que están mostrando centenares de investigaciones sobre el cáncer, mostrando el importante papel que el medio ambiente tiene sobre la enfermedad. Uno de los muchos ejemplos que pueden citarse sobre este asunto lo tenemos en la vinculación que puede existir entre los contaminantes y cánceres tan hostiles como el cáncer de páncreas. Precisamente uno de los mayores expertos mundiales en este ámbito es el epidemiólogo Miquel Porta, que en 1999 publicó en la revista The Lancet un artículo basado en las investigaciones que había realizado y que habían mostrado la relación existente entre los niveles de presencia en la sangre de una serie de pesticidas –como el DDT o su metabolito el DDE-, así como de otras sustancias como los citados PCBs, y la mutación de un gen (el gen k-ras) que se asociaba al desarrollo del cáncer en cuestión. Curiosamente se han registrado especiales incidencias de éste tipo de cáncer entre trabajadores de industrias como la del caucho y goma, impresión, petrolera , química, curtidos, agricultura, mecánica y metalúrgica. Sectores en los que pueden darse exposiciones a sustancias que podrían estar implicadas tales como amianto, disolventes organoclorados, , hidrocarburos aromáticos policíclicos, pesticidas, radiaciones o anilinas (27). Es sobre disolventes y pesticidas sobre lo que más pruebas hay acerca de su implicación en estos tumores. Como curiosidad se cita un estudio sobre los químicos miembros de la American Chemical Society que fallecieron entre 1948 y 1967 y en los que se reportó un exceso de muertes por este tipo de cáncer. Algún estudio llega atribuir a un origen laboral el 26% de estos tumores. Es un cáncer especialmente agresivo que en 1998 era la séptima causa de muerte por cáncer en hombres y la sexta en mujeres. Ese año mató a 1.958 varones y a 1.651 mujeres. Pero lo peor es su progresión: entre 1955 y 1989 la cifra de mortalidad por este cáncer en España creció nada menos que un 279%.

No podemos extendernos demasiado abordando las investigaciones que se han venido realizando acerca de otros tipos de cáncer frecuentes y que vienen a fortalecer aún más la idea del importante papel que la contaminación química puede tener en el desarrollo de muchos tipos de tumores.

Investigaciones como la realizada por el equipo del Hospital Universitario de Bellvitge (28) (Barcelona), que dirigía Victor Moreno (29) y que sería recogida en la revista Environmental Health Perspectives (30) y que versaba sobre el cáncer de colon , uno de los tipos de tumor que más castiga a los habitantes de los países industrializados, donde es la tercera causa de muerte por cáncer, encontrando una vinculación de la enfermedad con las sustancias organocloradas tóxicas que se ingieren con la alimentación , tales como algunos PCBs (31) . Las personas con este cáncer tenían el doble de PCBs que las que no lo tenían. Curiosamente, se conoce perfectamente que las dietas con mucha grasa tienen más PCBs y de otros contaminantes, lo que acaso debería ser tenido en cuenta cuando se habla de las grasas como factores de riesgo en el cáncer. Otros diversos estudios (32) hablan de la relación de este cáncer con disolventes, 1, 1-dicloroetano, alaclor, aminas aromáticas, subproductos de la cloración, radiaciones ionizantes, 2,4,5-T, aldrin, dieldrin, DDT, nitrosaminas, dioxinas, organofosforados, PAHs, tolueno, etc.

Podríamos así seguir enumerando ,una tras una, los centenares de investigaciones realizadas sobre los más diversos tumores (tiroides, estómago, útero, sarcoma de los tejidos blandos, ovarios, nasofaringeo, linfoma no Hodking , linfoma de Hodking, hígado, laringe, renal, cérvix, óseo, ..) y la vinculación que un porcentaje de los casos, a veces importante, puede tener con la exposición a tóxicos. Pero ,como ya les he dicho, no acabaríamos nunca (33). Además el número de estudios en este sentido no para de crecer, acumulándose la evidencia. Vamos ,por tanto, a extendernos un poco más en otros artículos tan sólo con unos cuantos tipos de cáncer a modo de ejemplo, los de mama ,próstata, testículos y los tumores infantiles. Después de repasar algunas de las cosas que se saben acaso la visión que ustedes tienen del cáncer sea diferente.


 


 

NOTAS


 

1 David Servan-Schreiber. Anti-cáncer. Espasa.2008.


 

2 Informe OSE 2006. Indicadores de Salud Ambiental, pg 341.


 

3 Brea y coque de alquitrán de hulla o de otros alquitranes minerales, benceno, cloruro de vinilo, óxido de etileno, formaldehído, hexaclorobenceno, DDT, derivados halogenados de los hidrocarburos aromáticos n.c.o.p., tetracloroetileno, tricloroetileno, diclorometano, acrilonitrilo, buta-1,3-dieno, clorobenceno, o-diclorobenceno y p-diclorobenceno, estireno, tetracloruro de carbono, aceites de creosota.


 

4 OMS 2003.


 

5 Bray F et al. Estimates of cancer incidence and mortality in Europe in 1995. Eur J Cancer 2002; 38: 99-166. También es significativo que los tipos de cáncer que son más frecuentes en el mundo en desarrollo ,al igual que muchas veces sus causas, sean diferentes que los que se sufren en el mundo desarrollado. En este caso hacen más acto de presencia determinados factores de polución.


 

6 El Llamamiento, surgió en París el 7 de mayo de 2004 en una reunión organizada por la Asociación para la Investigación Terapéutica Anticancerosa (ARTAC) ,con el apoyo de la ONU. Los firmantes querian con ello apoyar la normativa Reach frente al intento de la industria química de rebajar sus exigencias. Entre los firmantes están también el antiguo Secretario General de la ONU Boutros Ghali, Luc Montagnier o Huber Reeves. Los firmantes consideran que el conocimiento científico disponible avala que la contaminación química es la principal responsable del aumento de los casos de cáncer en los países desarrollados desde 1950, exceptuando el de pulmón (a causa sobre todo del tabaco).


 

7 Steingraber S. Living Downstream: an ecologist look at cancer and the environment. Reading, MA: Addison-Wisley Publishing Company, Inc. ; 1997. 359 pp. Referido por Clapp R.W et al. Envir. and Occup. Causes of Cancer Re-visited. Journal of Public Health Policy (2006) 27, 61-76.


 

8 Ver, por ejemplo: Environmental and Occupational Causes of Cancer Re-viewed. Clapp RW, et al. Journal of Public Health Policy (2006). 27, 61-76


9 Ries LAG, et al. SEER Cancer statistics review, 1975-2001 table I-3 Bethesda, MD: National Cancer Institute- 2004, Accessed February 2005.


10 American Cancer Society . Cancer facts & Figures 2005. Accesible en www.cancer.org . Ver, por ejemplo, lo que sucede ,por ejemplo, con tumores, como entre otros, los de hígado, melanoma, tiroides, sarcomas de los tejidos blandos, etc


11 Tampoco son buenas las perspectivas de ,por ejemplo, los británicos, entre los cuales el riesgo de contraer un cáncer a lo largo de su vida sería de un 35% en los hombres y de un 33% en las mujeres. En el Reino Unido , una de cada cuatro muertes es producida por el cáncer (Cancer Research UK. 2003).



12 Newby JA & Howard CV. Environmental influences in cancer aetiology. Journal of Nutritional & Environmental Medicine 2006, 1-59.


13 Environmental and Occupational Causes of Cancer Re-viewed. Clapp RW, et al. Journal of Public Health Policy (2006). 27, 61-76


14 Se basaba en los datos cerrados más recientes de que se disponía: los que van de 1989 a 1998.


15 Atlas Municipal de Mortalidad por Cáncer en España 1989 1998. Área de Epidemiología Ambiental y Cáncer. Centro Nacional de Epidemiología. Instituto de Salud Carlos III (2007). Se detectaban, por ejemplo, grandes aglomeraciones de casos de cáncer de pulmón ,laringe o tejido conjuntivo en zonas de Cádiz, Huelva, Cataluña, Asturias o País Vasco. Y distribuciones geográficas concretas de determinados niveles de incidencia de tumores como el de páncreas, colon, útero, mama, estómago, pleura, etc.


16 El País, viernes 31 de agosto de 2007.


17 Se pueden consultar en internet en la web del CSIC (http://www.csic.es). También son interesantes a otro nivel otros datos sobre Efectos a corto plazo de la contaminación atmosférica sobre la mortalidad: resultados del proyecto EMECAM en Huelva,1993-1996.Revista Española de Salud Pública. Antonio Daponte Codina.


18 Ver, por ejemplo, datos referidos por Joan Benach y José Miguel Martínez (U. Pompeu Fabra).

 

19 Hay otros muchos estudios en el mismo sentido, como el publicado por científicos de Canadá y EE.UU. en la revista JAMA y que concluían que el aire contaminado de las ciudades contribuye a la mortalidad por cáncer de pulmón.


20 Nunca cabe simplificar en cualquier caso, ya que los factores que pueden influir pueden ser muchos. A los factores químicos pueden sumarse otros tales como, por ejemplo, las radiaciones de diversas clases.


21 Ver, por ejemplo: Environmental influences in cancer aetiology. Newby JA and Howard V. Journal of Nutritional & Environmental Medicine. 2006, 1-59. PrView article.


22 Higginson J, Muir CS. Determination of the importance of environmental factors: the role of the epidemiology . Bulletin du Cancer 1977. 64(3):365-384


23 Clapp et al, actualizan los datos citados en otro informe: Environmental and occupational causes of cancer. New evidence 2005-2007. Se recogen 415 sustancias identificadas como cancerígenas o como sospechosas de serlo , aportando nuevos estudios sobre los más diversos tumores.


24 Environmental influences in cancer aetiology. Journal of Nutricional & Environmental Medicine.2006, 1-59 .


25 Steinemann A. (2005)La exposición humana y los peligros para la salud. Parte 2. Edición Electrónica en Castellano de Rachel´s Environment & Health News 811. Salud y Medio Ambiente. Boletín Informativo 811. Peter Montague Editor.


26 Gaceta Sanitaria (2005). 19 (4): 273-276.


27 Alguacil J, Porta M y otros. (2002). Exposiciones laborales y cáncer de páncreas: una revisión de la bibliografía internacional. Arch Prev Riesgos Laborales 5 (1): 21-29


28 Con la participación del Instituto Catalán de Oncología y el CSIC


29 U. de Barcelona


30 Howsam M et al. (2004). Organochlorine exposure and colorectal cancer risk. Environmental Haalth Perspectives . 112 (15)


31 Como el PCB 28 o el PCB 118


32 Ver, por ejemplo CHE Toxicant and Disease Batabase


33 Podríamos también extendernos sobre diversos aspectos interesantes del cáncer en relación a los efectos que sobre él pueden tener las exposiciones químicas, pero no lo haremos. Simplemente comentar brevemente que aunque algunos piensan en los efectos de los tóxicos de una forma simple y lineal, como que uno se expone a una sustancia y esta altera nuestro ADN , produciéndose cáncer, la cosa puede ser más compleja. Puede ser que no sea esa sustancia la que haya favorecido la alteración sino otras, pero que esta propicie su crecimiento por imitar a hormonas femeninas, o que lo que haga esta sustancia, sola o en compañía de otras, sea dañar al sistema inmunológico , frenando no solo la defensa del organismo frente a tumores, sino también frente a infecciones que ,por su parte, pueden debilitar el organismo haciéndolo más vulnerable al cáncer. Y en fin otros muchos escenarios.


 


 

(Copyright Carlos de Prada)


 

 

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